La Compañía Forestal del Chaco fue la
predecesora; se transformó en un símbolo, según a quién se le preguntara, de
explotación y corrupción, de progreso y bienestar, de opresión e injusticia, o
de adelanto y prosperidad. No era extraño que los visitantes se llevaran una
impresión de progreso y desarrollo, observando la existencia de poblaciones que
se erguían en el medio de los montes de quebracho con comodidades y servicios,
cuando la mayoría de los habitantes de la capital provincial de Santa Fe aun no
tenían.
El esfuerzo y la voluntad de trabajo de estos
hombres, fueron los pilares fundamentales para que La Forestal creara su
imperio. El peón de monte, el “hachero”, era el que trabajaba de sol a sol, sin
horario para poder cubrir escasamente las necesidades de subsistencia y la de
su familia. Por todo esto decimos que las condiciones de vida en los obrajes
emplazados en los bosques distaban mucho de la de los empleados y obreros de
las fábricas de tanino.
Los pueblos forestales se enfrentaron así a un
vertiginoso descenso poblacional y a la falta de trabajo, ya sin fábricas, ni
nuevas industrias. Los ferrocarriles de la empresa, que habían sido orgullo de
las comunicaciones en todo el norte de Santa Fe, fueron lentamente
desmontándose para vender sus rieles como hierro.
Hoy, en muchos hogares rurales de Ogilvie, antes
forestales, solo existen los planes sociales en detrimento del trabajo diario y
de eso viven y sobreviven familias enteras, perdiéndose la dignidad y el
orgullo de poder llevar a sus hijos el pan ganado con su trabajo. Se perdió el
pequeño pueblo de casas bajas, de inconfundible estilo inglés, con calles de
tierra y antiguos edificios que dan cuenta de un pasado glorioso.